Hoy domingo 4 de enero falleció la escritora, narradora y profesora Yadira Álvarez Betancourt (La Habana, 1980). Graduada de Educación Especial (Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona, 2003) y de Escritura Creativa (Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, 2006), recibió su doctorado en Ciencias Pedagógicas en 2012 y fue profesora titular de la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona entre 2015 y 2024.
Fue ganadora del Premio Oscar Hurtado de cuento de ciencia ficción en 2009 con el ya clásico «Carne y pescado», relato incluído en Deuda temporal (2016), la primera antología cubana de ciencia ficción escrita por mujeres (y un hombre trans). Sus historias aparecieron en revistas como Isliada, el proyecto transfeminista Las escritoras de Urras (2021), y El día después del eclipse (2025), antología de ciencia ficción latinoamericana escrita por mujeres compilada por Gabriela Damián Miravete. Entre sus libros más conocidos están Historias de Vitira (2015) fantasía creada a cuatro manos junto a su hermano Denis, y Al oeste del sol y otros cuentos (2015). Ganó el premio Hydra 2021 con la novela Guadaña Universal: el códice, en coautoría con Álex Padrón. Sus reflexiones sobre la relación entre el género fantástico y la sociedad han sido publicadas en revistas de todo el mundo hispanohablante.

Sus ensayos pedagógicos están publicados en revistas científicas, antologías de ensayo y memorias de congresos. Como extensión de estas investigaciones y reflexiones sobre la relación entre pedagogía, sociedad y políticas públicas fue colaboradora de La Joven Cuba y se sumó al podcast «El Enjambre» con una de sus secciones más entrañables: “Lengua Larga”, donde compartió su amor por las palabras, su creatividad y su curiosidad infinita. En 2024 creó junto a Lien Real Jaén el podcast «El descanso», con el objetivo de dar voz a las personas que ejercen la función de cuidadoras en Cuba, con la plataforma Periodismo de Barrio.
Entrevisté a Yadira en octubre de 2021 para mi podcast «Otras voces del Caribe«, hablamos largo y tendido. La nuestra fue una relación extraña, juguetona y seria, que se hizo más fuerte cuando ya el mar nos separaba. En la medida que la pandemia y los respectivos desgobiernos hicieron a Cuba más miserable y a Estados Unidos más distópico, bromeamos sobre escribir una adaptación de Espiral para la TV y con el dinero (mucho, mucho, muchísimos verdes de Netflix, o Amazon, o Apple TV) financiar una comuna lésbica en Malta. Pero ella nunca quiso dejar la isla… y allí la agarró Patricia, como le puso a su tumor. Yadira documentó su proceso en el blog «Kykubi intenta decir» donde Patricia (como odio ese nombre, que suena a luz, a patria, a promesa de bienestar) alternó al principio con #PorFavorLeaPoesía, reflexiones sobre política pública, literatura, y luego se apoderó de todo.

Morir es natural, dice Yadira en su último post, y es verdad. Todo lo que nace muere, las diferencias son de escala. También es natural sentir impotencia y rabia y tristeza cuando pierdes a alguien en la distancia. Ayer sábado en la mañana No, mentira, fue el viernes, pero me duele tanto que mi mente está reduciendo el tiempo de la agonía en mi memoria. El viernes un amigo me avisó de que había regresado al hospital, que ya solo esperaban, que ya no había más camino ni más regreso que la cueva del Toro Rojo. Hay algo que se te queda colgado en el alma cuando solo tienes el testimonio de la muerte, a falta de la evidencia. No pude tomar su mano entre las mías, aunque si (maravilla de la tecnología) oír su voz final, tan distinta a gorjeo enérgico y musical que recordaba.
Me despedí de ella con un poema de Federico García Lorca, uno de los Sonetos del amor oscuro, porque ahora mismo la pérdida de Yadira me hace sentir como una flor marchita, pero preciso ser la piedra inerte para seguir adelante, cumplir mi parte.
¿Qué parte me toca? … Ni puta idea. Supongo que le debo la adaptación de Espiral.
Amor de mis entrañas, viva muerte…
Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.
Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.
Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.

